Es vocalista y compositor
de “la Marmita” una de las bandas de rock uruguayo que, si bien lleva varios
años en la escena, ha encontrado su punto mas alto en los últimos tiempos,
generando diferentes producciones con grandes artistas del cancionero nacional,
demostrando que la renovación en la música uruguaya está presente. En esta
oportunidad paso por Periodismo en tus Manos Diego Etchemendy.
¿Cómo nace el proyecto “La Marmita”?
La
Marmita nace como muchas bandas…. Éramos un grupo de amigos que en ese momento
teníamos 20 años tocábamos o intentábamos tocar un instrumento y sencillamente
un día nos juntamos a ensayar con la intención de armar una banda. Eso fue en
el año 2002, el Uruguay estaba en medio de una de las crisis económicas más
grande de los últimos tiempos, no había laburo y el que lo tenía estaba en una
situación de precariedad laboral constante, no había plata, no había mucha
esperanza y la salida para muchos gurises era irse del país. El espacio de
juntarse a tocar más allá de lo musical era como un refugio para sobrevivir a
muchas cosas que veíamos que pasaban. En medio de todo eso la banda estuvo
activa y tocando mucho desde el 2002 hasta el año 2007 ahí tenemos una pausa
hasta el año 2010, yo soy el único que se mantiene de la formación original del
año 2002. Esta nueva etapa a partir del 2010 es muy distinta y la banda logra
concretar objetivos como el de poder por ejemplo grabar en todos estos años 3
discos…
¿Cuál es el proceso habitual para que una composición
vea la luz?
Mis
procesos de composición han ido cambiando, cuando era adolescente y motivado
por una profesora de literatura del liceo me anime a escribir, escribía
distintos tipos de textos, cuentos y poesías intentaba encontrar en que me
sentía más cómodo. En esa época también empecé a tocar la guitarra y me di
cuenta de que algunos de esos textos los podía musicalizar. Muchos años
funcione así, textos que después musicalizaba, eso fue mutando y hoy todo lo
que escribo está pensado para ser una canción, solo escribo canciones y la
música nace casi al mismo tiempo que las primeras palabras que escribo. Antes,
esas canciones ya terminadas las llevaba a los ensayos y yo las tocaba solo con
una guitarra acústica para toda la banda, de apoco cada músico desde su
instrumento aportaba lo que entendía era necesario. Hoy trabajo con un programa
de grabación donde puedo maquetear la canción y puedo entregar una idea más
terminada de como quiero que suene cada instrumento. Pero eso es solo la
presentación, después cada uno vuelve a trabajar y a aporta desde su
instrumento, a veces el resultado final queda cerca de la maqueta original,
otras veces la canción se modifica por completo.
¿Qué implicancia tienen las diferentes
realidades por las que atravesamos como sociedad a la hora de crear?
Yo
creo que tiene mucha implicancia la realidad en la creación, puede ser que
quizás logres aislarte de todo lo que pasa en la sociedad para que no te
influya, pero es difícil. También pasa que hay realidades que como sociedad a
algunos le pega más que a otros, la desigualdad, la falta de oportunidades y la
violencia generalmente les dejan a las personas que viven constantemente en esa
realidad un margen para moverse mínimo, donde sencillamente lo que les queda
por delante es intentar tratar de sobrevivir. El creador puede estar o no
inserto en esa realidad, lo importante para mí es ver que hace con eso, de qué
lado decide ponerse ante esas situaciones.
¿Crees que la política y las producciones
artísticas tienen algún punto en común?
Todo
es política, decir que no te interesa la política es una postura política, creo
que uno de los puntos en común es la posibilidad de llegar a la gente, después
lo que uno hace con eso, en que lo aprovecha, eso ya es otro historia…
La banda a presentado diferentes canciones
mostrando que se sienten cómodos dentro de varios estilos ¿Cuáles crees que son
las principales influencias a nivel musical de todos los integrantes?
Hoy
La Marmita tiene 7 integrantes, con un rango de edad que va desde los 25 a casi
los 48 años, las influencias que hay son muchas, creo que hay algunas en común
que tienen que ver con la música popular uruguaya, y ahí entra el rock, el
candombe, la murga y el folclore entre otros ritmos. Creo que ahí tenemos
muchos puntos en común todos, respetamos mucho el trabajo y el camino que
vienen realizando muchos músicos en este país más allá de su género. Después
las influencias individuales varían muchas veces por temas generacionales,
tratamos de actualizarnos, de saber que está pasando en la música acá y afuera
también.
¿Qué opinión tenes del
rock uruguayo del siglo XXI?
El
rock en Uruguay tiene como dos puntos muy altos, uno es a la salida de la
dictadura en los años 80 y el segundo que se generó alrededor de la crisis del
año 2002. Yo me siento identificado por un tema generacional con el que surgió
allá por el 2002, ese rock fue una trinchera de resistencia para los que
veíamos que el Uruguay se venía abajo en esos años y también un sonido que
musicalizo la salida de esa crisis. Después por muchas razones no se pudo
mantener ni la masividad ni la cantidad de público que acompañaba y se
movilizaba para escuchar rock en esos años. Hoy lo que veo es que a pesar de la
poca pelota que le dan al rock los grandes medios de difusión, de que a pesar
de que la música de moda, o lo que escucha la mayoría de la gente no es rock
uruguayo sin embargo hay muchísimas bandas tocando, ensayando o juntándose. Vas
a tratar de conseguir una hora en la sala de ensayo y siempre hay gente,
entonces indudablemente el rock sigue siendo un sobreviviente a las modas, a
las crisis a lo que sea. Creo además que hoy tenemos en el Uruguay a tres de
las mejores bandas del rock latinoamericano de la actualidad: NTVG, El cuarteto
y la Vela, por lo que creo que el rock uruguayo hace años que es un referente
por estos lados de América.
¿Qué porcentaje tiene
para vos de relevancia la letra y que porcentaje tiene la melodía a la hora de
componer?
Para
mí la letra es importantísima, pero es algo personal, es algo que me gusta
mucho disfrutar de una canción con una buena letra. Ahora… si nos ponemos a
mirar las estadísticas creo que una buena letra con una mala melodía no camina
mucho sin embargo… una letra horrible con una buena melodía puede llegar a ser
un hit mundial así que ojo jajajajajajaja. Saquen ustedes sus propias
conclusiones.
¿Crees en el rock como
una actitud de vida?
Si,
para mí el rock es una actitud de vida, no es una pose, no es una campera de
cuero y no es el reviente. Es una actitud de disconformidad con lo que está
establecido en esta sociedad, es las ganas de querer cambiar las cosas. El que
crea que esta sociedad no necesita ser cambiada discúlpenme, pero no tiene
rock.
¿Qué opinión te merece la
aplicación de nuevas tecnologías como la Inteligencia Artificial a diferentes
producciones artísticas?
Las
nuevas tecnologías están en la música hace muchísimo, los programas de
grabación que hoy cualquiera puede tener en su computadora o descargar en su
celular gratis genero la posibilidad de que muchos pudieran a acceder a grabar
discos cosa que antes solo algunos podían pagar. Estos programas tienen por
ejemplo emuladores de equipos de guitarra que valen muchísimo y que te dan la
chance que vos enchufes la guitarra a la computadora y puedas grabarlos como si
los tuvieras físicamente en tu cuarto. Se podrán imaginar que al dueño de la
fábrica de equipos de guitarra no le gustó mucho el avance tecnológico cuando
estos emuladores surgieron, sin embargo, hoy muchos de estos fabricantes han
hecho arreglos comerciales con los programas para que sigan estando y
mejorándolos. La situación ahora es que la IA escribe músicas y letras para
canciones y después las musicaliza con una banda. La verdad no tengo muy claro
que puede llegar a pasar con todo eso, uno lo mira como creador y da un poco de
escalofríos…
En tiempos de inclusión
¿crees que la introducción de este concepto a nivel social ha servido para
generar una sociedad con mayor igualdad o por el contrario tenemos la necesidad
de estar cada vez más encasillados?
El
Uruguay siempre ha estado adelantado en la agenda de derechos, sin embargo, a
veces creo que todavía falta mucha concientización sobre algunos temas, que por
más que existan leyes o proyectos que se impulsan, a una parte importante de la
sociedad le cuesta digerirlos. Los niveles de desigualdad siguen siendo
tremendos por más que es indudable que tuvimos avances, pero todavía falta
muchísimo para lograr construir una sociedad donde la inclusión y la justicia
social realmente sean reales.
Es
docente de filosofía egresado del Instituto de Profesores Artigas, con un posgrado
como especialista en política y gestión de la educación, publico un libro llamado
“Sobre el sentido de educar” y además ha buscado trascender el aula en un
proyecto televisivo de TV Ciudad en el que a través de pequeñas intervenciones,
explicaba los temas centrales de la serie catalana Merlí, esto también lo ha catapultado
a poder generar mayor presencia en los medios y con eso lograr exponer
diferentes temáticas de interés filosófico que pueden llegar a contribuir a
lograr una sociedad mejor. En esta oportunidad paso por Periodismo en tus Manos
Pablo Romero García.
¿Está
de moda la filosofía?
Hay señales
contradictorias: por un lado, tenemos recortes de horas y de contenidos
programáticos de Filosofía en muchos lugares del mundo a nivel de estudios
secundarios y universitarios, lo cual ha sucedido también en Uruguay, por
cierto, con la reforma educativa en curso. Estos recortes se han dado en
detrimento de abordajes considerados “pragmáticos”, asociados meramente al
mercado laboral o a las ciencias económicas, que consideran a la filosofía como
una tarea inútil o de menor importancia en la formación del individuo. Un
síntoma de esto es que en el inicio de nuestro bachillerato se hayan colocado
horas de un emprendedurismo y quitado de Filosofía. Al respecto, vale la pena
leer el planteo de Martha Nussbaum en su obra Sin fines de lucro: por qué la democracia necesita de las humanidades.
Por otro lado, hay un renovado interés por la filosofía a partir de producciones
audiovisuales y debates contemporáneos que alcanzan a buena parte de la
población. Por ejemplo, fenómenos masivos como la serie catalana Merlí o incluso canales de YouTube que
están generando contenidos de reflexión filosófica para una audiencia sobre
todo juvenil, debates éticos sobre el uso de las nuevas tecnologías y sobre el
modo de vida que llevamos en tiempos de la llamada sociedad del cansancio -
como bien lo plantea Han, uno de los filósofos actuales más interesantes-,
demuestran un renovado interés por el abordaje filosófico de nuestros problemas
existenciales, tanto a nivel individual como colectivo.
A pesar de los recortes
de horas a nivel de su presencia académica, bien vale la pena resaltar que la
matriculación en estudios formales de Filosofía ha venido en aumento, lo cual
es otro síntoma muy bueno respecto de ese actual interés. Falta, claro, la
comprensión de su importancia desde quienes construyen políticas públicas a
nivel educativo. En lugar de reforzar la presencia de la filosofía a nivel
curricular (debería estar presente desde primaria, trabajándose en la línea de
la filosofía con niños, que tiene una larga tradición de desarrollo) se ha
venido cercenando de manera incomprensible. A ese nivel, el pragmatismo miope
de algunos diría que nos está cegando a todos.
¿Qué
lugar crees que le damos a los cuestionamientos de tipo existencialistas
teniendo en cuenta el ritmo de vida del siglo XXI?
Recién refería al
filósofo surcoreano Byung-Chul Han y bien vale traerlo a escena para responder
esta cuestión. En La sociedad del
cansancio, escrita en 2010, Han señala que ya no estamos dominados por un
poder represivo que nos controla sino por una auto explotación, basada en una
sensación falsa de libertad. No hay un “otro” que oprime, que nos vigila y
castiga, como señalaba Foucault en su lectura de nuestra sociedad moderna panóptica,
sino que cada uno se presiona a sí mismo desde el mandato interiorizado de
rendir, producir, consumir, optimizarse permanentemente y sin pausa.
Justamente, ese vivir el tiempo sin pausa, esa aceleración contemporánea,
destruye la capacidad contemplativa y genera situaciones de burnout, depresión y ansiedad. En lugar
de enfrentarnos al vacío y al sentido de la existencia, de preguntarnos por el para
qué de nuestra existencia, nos mantenemos ocupados en un hacer compulsivo que
anestesia las preguntas profundas. Vivimos, plantea Han y creo que tiene
absoluta razón al respecto, en un presente fragmentado, donde lo inmediato se
impone sobre cualquier reflexión. Y es por este mismo panorama que nos presenta
el ritmo de vida del siglo XXI -el cual parece sofocar las preguntas
existenciales- que resulta cada vez más importante el abordaje filosófico de
nuestra existencia, el priorizar la pausa reflexiva, la necesaria soledad
contemplativa donde nos podamos pensar a uno mismo y a la sociedad que
habitamos.
En este siglo XXI marcado
por el ritmo acelerado de la vida, con su enfoque en la productividad, la
tecnología y la inmediatez, donde la sensación de lo "absurdo", del
sinsentido y la angustia están muy presentes, es clave retomar y amplificar las
grandes preguntas sobre nuestra existencia y su sentido, sobre el por qué y el
para qué de nuestras vidas y del rumbo de nuestras sociedades.
¿Las
nuevas generaciones buscan ser más críticas o prefieren el contenido digerido? ¿Cómo
entiendes que deberíamos de replantearnos las nuevas formas de aprender en
momentos donde el conocimiento está al alcance de un clic?
Construir pensamiento
crítico en las nuevas generaciones es un desafío permanente, que los educadores
vivimos a diario en nuestras aulas. Lo ha sido probablemente en todo momento,
aunque lo es particularmente en estos años. La tendencia a lo digerido,
reforzada por el uso de las nuevas tecnologías, es todo un problema. Ciertamente,
el conocimiento está al alcance de un clic, pero no su debido apropiamiento crítico.
Allí tenemos que diferenciar bien el asunto. Como nunca en la historia de la
humanidad tenemos acceso a la información, pero sigue siendo clave el modo en
que nos relacionamos con esa información, en cómo la comprendemos, en cómo nos
apropiamos en términos intelectuales del proceso. Saber discernir sobre lo
realmente valioso, saber discriminar la calidad de los contenidos, saber
navegar en ese mar de la información es el punto central del desafío que nos
propone esta sociedad del conocimiento del siglo XXI. Prácticamente todos
podemos acceder al conocimiento a partir de un clic, pero eso no significa que
realmente estemos accediendo a un proceso cognitivo deseable, complejo,
particularmente en tiempos de contenidos que se presentan de manera breve para
un público que parece estar deseando la facilidad de lo digerido.
Hace pocos días un colega
del campo educativo me compartió un artículo que tiene un atractivo título: Parménides en Tiktok: cómo aprenden
filosofía los más jóvenes, publicado en El
País de España. Vale la pena leerlo y más allá de su contenido puntual, ya
el título dispara algunas reflexiones que quisiera compartir para seguir
pensando juntos.
En primera instancia,
diría que el asunto es un tanto complicado: por un lado, tales formatos pueden
acercar ciertamente a temas filosóficos y generar el vital interés por
contenidos culturales complejos, o sea, ser inicialmente un buen “gancho”
formativo dado los modos de consumir productos audiovisuales por parte de los
más jóvenes (y no tanto, agregaría). Yo mismo viví esa experiencia positiva con
los videoclips breves que realicé sobre cada uno de los capítulos de las tres
temporadas de la serie catalana “Merlí”, los cuales obtuvieron una respuesta
muy alta de interés y niveles de reproducción realmente muy buenos. Pero, por
otro lado, su formato similar al de los reels
y shorts, que es el habitual en TikTok, YouTube y redes similares, también está transformado radicalmente
la economía de la atención. Y no sin ciertas consecuencias cognitivas y
culturales.
Por ejemplo, percibo que
están comenzando a afectar la (ya afectada) capacidad de atención.
Generan una especie de
fragmentación cognitiva, en donde el consumo repetido de contenido breve y muy
excitante del sistema nervioso central termina por entrenar al sujeto en la
búsqueda de estímulos rápidos y muy cambiantes. Y esto claramente dificulta la
tarea de focalizar, la capacidad de concentración. Y así aleja al individuo del
ejercicio del pensamiento profundo y sostenido en el tiempo, base de la
formación educativa sólida que, en definitiva, construye un diferencial en la
igualdad de oportunidades.
Leer textos largos,
escuchar entrevistas de varios minutos o ver documentales de largo aliento, por
ejemplo, exigen un esfuerzo cognitivo que, en cierto modo, los reels y shorts
nos acostumbran a evitar.
A su vez, también
encuentro que fomentan la reducción de tolerancia al aburrimiento. El gran
flagelo de la cada vez más habitual frase de “estoy aburrido”. La
hiperestimulación constante reduce nuestra capacidad para lidiar con momentos
de baja intensidad, que son esenciales para la reflexión y el aprendizaje. La
pérdida de la pausa reflexiva larga es parte del problema que enfrentamos desde
hace mucho tiempo y que se ha agravado en los últimos años. Hoy día parece casi
utópico pensar, por ejemplo, que un estudiante de bachillerato pueda leer de
una clase para otra un repartido de 4 o 5 carillas. Bien sabemos los docentes
que esa es la realidad general (siempre hay notables excepciones, claro) que
atraviesa nuestras aulas. Sin embargo, esos mismos estudiantes pueden pasar
horas consumiendo reels unos tras
otros, con diversos temas y todos de muy breve duración. Se gastan el dedo
haciéndolos correr por las pantallas de sus celulares. La atención está
totalmente fragmentada y la tensión teórica sobre un tema puntual en clase
difícilmente pueda luego superar los 10 o 15 minutos, más allá de los denodados
esfuerzos de los docentes por intentar ser un “corto” divertido, dinámico y
atractivo. Y, claro, se nos acusa de ser el problema, por ser aburridos.
Es un tema importante
para pensarnos con relación a los actuales desafíos educativos. Son formatos
que logran conectar con los nuevos modos de consumir contenidos y con el uso
adictivo de las pantallas móviles, pero parecen tener un alto costo en la
afectación cognitiva y cultural de largo plazo.
En todo caso, habrá que
buscar equilibrios y utilizar del mejor modo posible tales recursos, quizás
teniendo muy presente que deben ser puertas de entradas y no simplemente de
llegadas. La pereza intelectual podría ser un nuevo pecado capital en tiempos que
invitan al pensamiento corto.
¿Cuánto
de filosofía crees que existe en la política y cuanto de política crees que
existe en la filosofía? (pensando en Sócrates por ejemplo que perfectamente
podría ser un político de la actualidad)
En su sentido más
profundo, son espacios imposibles de disociar, más allá de que las prácticas
políticas partidarias y las prácticas de nuestros políticos de actualidad,
distan mucho de cualquier praxis filosófica. El ejercicio de la política
actual, de la arena de la política representativa, está muy mediada por el
marketing y por la comunicación estratégica con relación a la captación del
voto, y se ha ido desplazando lo filosófico, al punto tal que tales planteos se
vuelven incómodos e indeseables. Pero, claro, inevitablemente está presente en
cada decisión que se toma y en cada discurso que se coloca en la escena
pública. No cabe duda de que Sócrates no sería hoy en día un parlamentario y se
dedicaría a hacerse un festín con las permanentes contradicciones de nuestros
políticos, por lo cual sería probablemente “cancelado” y considerado tan
peligroso para el orden establecido como lo fue en su tiempo, en la antigua
Atenas. Y su accionar nos recodaría algo fundamental: la política mayor
claramente tiene mucho de filosofía y la filosofía siempre supone una práctica
política.Ni la política ni la filosofía
son neutras. Implican siempre un tomar posición respecto de la sociedad, de una
concepción de lo justo, de lo deseable, del rol del poder y su incidencia en la
construcción de una sociedad con mayor igualdad de oportunidades.
En
tiempos de fake news ¿qué valor crees que le damos a la verdad? ¿Cada vez
aplica más aquello de que existen tantas verdades como personas haya? Ante esta
situación ¿La mentira pierde valor o está más presente de lo que creemos y no
nos damos cuenta?
Sin lugar a duda, este es
uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. En mi libro Sobre el sentido de educar abordo esta
cuestión en particular relacionándola con el rol contemporáneo de la filosofía.
Claramente, el concepto de verdad está en jaque en tiempos de las llamadas fake news, pues ya no es central
esgrimir la verdad en términos públicos, sino que lo que se valida y se vuelve
legítimo en última instancia es la capacidad de persuadir, de convencer, de
hacer viral un discurso o una acusación, aunque sea mentira, priorizando que
sea capaz de emocionar, de generar adhesión en el público, sobre todo hacia la
trinchera ideológica a la cual está dirigida, y ser replicada así lo más
posible.
Y en alguna medida esto
ha tenido que ver con haber llevado al extremo posiciones filosóficas
relativistas. El planteo posmoderno que sostiene, en definitiva, la idea de que
la verdad es siempre relativa, de que cada sujeto tiene su propia “verdad” ha
terminado por convertirse en un fetiche que trajo consigo el problema de que,
si todo es verdad, ya nada lo es. Y en esa perspectiva se rompen los puentes
posibles de todo dialogo y la propia filosofía se vuelve una tarea inútil. Cada
uno vive en su propia burbuja de la verdad, siempre subjetiva y sin
posibilidades siquiera de alcanzar modos de la intersubjetividad. Y el caldo de
cultivo que se genera, claro, es perfecto para este mundo de las fakes news.
En este contexto, es
importante retomar la idea de que aunque no exista en el campo social algo así
como la verdad absoluta, indiscutible, axiomática (sí en las ciencias exactas,
claro, pero ahí ya es otro el asunto) sí tenemos verdades siempre provisorias
donde una son más relevantes que otras y en donde debemos tener en cuenta, como
planteaba Habermas, que la verdad no se define por el individuo aislado sino
que se construye en procesos de comunicación donde constantemente debemos
someter a prueba lo afirmado. Y esto no está sucediendo, pues justamente en la
era de las fake news la mentira no se
presenta ya como una accionar totalmente consciente, sino como la naturalizada
como “justa” o conveniente defensa de “mi versión” de los hechos. O sea, diría
que la mentira no perdió valor, sino que ganó “eficacia”: ahora es rentable,
produce votos, clics, consumo y adhesión emocional. Podría decirse que vivimos
en una época en que la mentira se volvió más peligrosa, en todo caso, porque ya
no se reconoce como tal. Se ha vuelto parte del ecosistema comunicativo, y esa
naturalización es quizá más grave que la mentira misma. Sin lugar a duda,
tenemos un grave problema allí. Y la filosofía tiene un desafío central en
intentar volver a poner al concepto de verdad en la centralidad del discurso
público y de nuestros actos comunicativos cotidianos. Se ha vuelto una cuestión
ética de primer orden.
¿Por
qué crees que a la humanidad le cuesta tanto entender y aceptar que esto a lo
que llamamos vida, tiene un fin? ¿Tiene que ver con el desarrollo en la
capacidad de “amar y sentir”?
Es parte de la condición
humana el deseo de trascendentalidad. La dificultad para aceptar el fin, para
asumir nuestra finitud ha sido, es y seguirá siendo parte de nuestra humanidad,
de nuestra capacidad de reflexión sobre lo que la vida significa (aquello que
señalaba Heidegger respecto de que somos un ser para la muerte y que tomar
conciencia de tal cuestión genera inevitablemente angustia…aunque, bien vale
decirlo, también genera -o debería hacerlo- una claridad existencial respecto
del saber qué y cómo vivir) y también porque es algo natural en cualquier ser
vivo el instinto de sobrevivir. Y, claro, la idea de un final absoluto choca de
frente con ese instinto primario. Y aparece la negación y con ella muchas ideas
respecto de las posibilidades de supervivencia más allá de esta vida física. La
historia de la humanidad está tejida también por la construcción cultural de la
inmortalidad, particularmente desde la perspectiva religiosa, aunque no
únicamente. Nuestra capacidad de reflexionar sobre el futuro nos hace únicos
dentro del reino animal, pero también nos condena, por ejemplo, a anticipar
nuestra propia muerte, a pensar en nuestro fin. En la Apología de Platón,
Sócrates reflexiona sobre la muerte y nos dice que debemos abordarla con
serenidad, que no es algo que debería generarnos miedo sino, en todo caso, un
misterio a aceptar. Ciertamente, esto no es algo fácil y habitual. Necesitamos
de algún modo buscar sobrevivir. Y nuestra capacidad de amar y sentir es un
motor para esa búsqueda. Hay un apego a la vida. La capacidad de amar, que
involucra a personas, a proyectos, situaciones, etc, construye vínculos
emocionales que hacen que la idea de perderlos sea realmente insoportable. La
muerte no solo amenaza nuestra existencia, sino también todo aquello que le da
sentido a nuestra vida, que construye las conexiones emocionales que nos
sostienen. En algún punto, la muerte incluso puede sentirse como una especie de
traición, como un abandono, respecto de esos vínculos emocionales.
Este sin dudas, es un asunto
que de un modo u otro tememos enfrentar. En mi caso, creo que el mayor miedo es
el de la posibilidad de la muerte de aquellos que amamos más que lo que me genera
pensar en mi propio fin. En todo caso, debería ser un motor para vivir con la
mayor intensidad y amor posible. Camus, en El
mito de Sísifo, dice que la vida vale la pena precisamente por su
intensidad, aunque sea absurda frente a la muerte.
¿Los
cambios generacionales cambian los focos de atención en temas que antes podían
parecer trascendentales o existe siempre una unión en ciertas problemáticas que
nos desvelan?
Recién hablábamos sobre
la muerte y la dificultad de aceptar un fin. Y ese es claramente un tema
universal, atemporal. Ciertamente, los cambios generacionales influyen en los
focos de atención, mutando lo que se considera trascendental en cada época,
pero hay problemáticas universales que persisten y nos quitan el sueño a través
del tiempo. Uno lee el núcleo de las grandes preguntas sobre la existencia que
los griegos colocaron en escena en el nacimiento de la filosofía occidental
hace 2600 años y resultan absolutamente contemporáneos. Las grandes preguntas
siguen estando. Hay un fondo común que persiste más allá de que cada época
tiene sus particulares urgencias y pone el acento en focos que en una época
resultaban primarios y que hoy pueden ser secundarios (y viceversa).Y también sucede, claro, que, aunque cada
generación hereda preguntas, las reelabora con sus propios lenguajes y símbolos
buscando sus propias respuestas, más allá de las trasmitidas por las
generaciones anteriores.
¿Por
qué crees que hoy existe una necesidad de inmediatez y de saltear etapas que
antes no existía?
En buena parte se vincula
con lo que decíamos anteriormente respecto de las características de nuestro
siglo XXI, de nuestra sociedad del cansancio y de la inmediatez, de esa
urgencia por obtener resultados rápidos y evitar procesos largos, lo cual
contrasta con épocas pasadas, donde la paciencia y las etapas progresivas eran
más valoradas. Esto es también una consecuencia del vértigo que ha impuesto la
revolución tecnológica, el apuro de lo digital. Resulta sintomático, por
ejemplo, que hoy todos reproducimos los audios que recibimos por aplicaciones
de mensajería como Whtasapp al doble de velocidad y nos escuchamos como si
fuésemos ardillas parlanchinas. Nuestra economía de la atención y la
verificación de la información que recibimos, aspectos ambos que también
habíamos señalado anteriormente, están totalmente afectados. La rapidez
prevalece sobre la precisión y lo superficial por sobre lo profundo.
Claramente, requerimos de
un elogio y una práctica de la lentitud, lo cual a estas alturas supone
realmente una revolución cultural. Cuanto más rápido vivimos, menos vivenciamos,
en tanto al saltear etapas nos privamos de la experiencia profunda, de la
maduración lenta, de la construcción de sentido. Y la pregunta por el sentido
sigue siendo la gran pregunta de la filosofía, por cierto.
Agradezco la posibilidad
de la palabra y la profundidad de las preguntas. Realmente ha sido un placer y
espero que el contenido del intercambio resulte de interés y nos habilite a
seguir pensando juntos nuestro tiempo y el sentido de nuestras existencias.